Pilix Forever: Reto Lugares imaginarios

Título: Entreflores
880 palabras

Yo no quería volver. Se lo había repetido miles de veces a mi padre pero para él sólo existía una disyuntiva: sí o sí. Partimos de madrugada en aquel coche destartalado, el coche de toda la vida que mi padre se negaba a cambiar, era ya como otro miembro de la familia. Salimos con la fresca pero a la que el sol empezó a asomarse y a filtrarse por las lunas del coche, empecé a maldecir de nuevo a mi padre y su deseo tozudo de volver al pueblo de mi madre, Entreflores.

Inesperadamente, el bochorno y el aburrimiento se aliaron a mi favor y pasé el resto del viaje totalmente sumida en un sueño profundo. Mi padre hizo sonar el claxon del coche y me desperté súbitamente: estábamos entrando en el pueblo, en la entrada estaba la vieja cantina, con los mismos escasos clientes tomando la sombra bajo los parasoles patrocinados por una marca ya extinta.

- Saluda a tus tías, niña.

Todavía un poco desorientada caí en la cuenta de que nada evitaría un verano más allí. Unos metros más allá, en la otra acera, estaría el viejo caserío de mi abuela materna. Mis tías regentaban la cantina, el único atisbo de ocio de aquel perdido pueblo de la sierra.

Ayudé a sacar las maletas a mi padre mientras mis tías nos daban la bienvenida con sonoros besos y gestos de alegría. Devolví con resignada efusión sus entrañables muestras de cariño mientras, sin querer, sentía un enorme vacío.

- Pasa, corre… Está guapísima.

Dijo mi tía Marga mientras me quitaba la maleta con una mano y me empujaba hacia el portón con la otra.

- Anoche le dijimos que llegabais hoy y ha pasado toda la noche muy inquieta.

Intenté sonreír por fuera, estremecida por la dulzura con que mis tías hablaban de ella. En aquella solariega estancia de mi abuela vivían mis tres tías que cuidaban de mi madre, Rosa. Yo tenía cinco años cuando ella calló en un coma irreversible causado por un infarto cerebral, hacía ya diez años.

- Rosa ¡mira quién está aquí!

Mis tías trataban de mantener bien iluminada su habitación, decorada con flores y fotos. En la cama, empotrada, como siempre, yacía mi madre, con su rostro inexpresivo y su cuerpo inerme. Era el lugar más triste del mundo pero mis tías lo inundaban de una alegría sobrecogedora. Apenas pude rozar su mano. No podía. O no quería.

- ¿Dónde está la abuela? Pregunté.

- Ahora vendrá. Ha ido a ponerle flores al abuelo, como cada domingo.

Dijo mi tía Jacinta, mientras alisaba las sábanas de la cama de mi madre.

- ¿Estarás ya contenta, eh, Rosa? Ya la tienes aquí otro año. Mírala, qué grande está. Es una mujer ya… ¡y es clavadita a ti!

Mi padre entró por la puerta, me dio un beso en la frente, se acercó a mi madre y le susurró algo al oído.

- Voy a ver a la tía Hortensia. Le dije.

Mis tres tías rozaban los cincuenta pero ninguna de ellas se había casado. Entre las tres cuidaban de mi madre y de mi abuela y regentaban la cantina. Pero estaban lejos del manido prototipo de mujer solterona; eran alegres, vivas y ociosas. No paraban en todo el día, adoraban cocinar y cuidar del hogar. Parecían disfrutar con su vida allí.

Salí del caserío y en vez de ir a la cantina a ver a mi tía Hortensia, decidí ir al cementerio a encontrarme con mi abuela María. El camposanto estaba en el punto más alto del pueblo, el camino empedrado que llevaba hasta él estaba lleno de flores silvestres y coloridas que dotaban de una particular hermosura a aquel inhóspito lugar.

Casi sin aliento llegué a la verja del pequeño cementerio. Mi abuela María limpiaba con esmero la lápida de mi abuelo, fallecido antes de que yo naciera.

- Hola, yaya.

Le dije desde la puerta, tímidamente.

- ¡Mi niña!

Soltó lo que tenía en las manos y se incorporó delicadamente. Yo me acerqué y ella se quedó allí plantada, fijamente mirándome de arriba abajo con una sonrisa que le iluminó el rostro.

- Eres igualita que tu madre. Igualita.

No paraba de repetir mientras me comía a besos y me sujetaba el rostro con sus manos temblorosas. Entré con ella y la ayudé a cambiar las flores, varias fotos decoraban la soleada y cuidada lápida de mi abuelo Martín. Luego bajamos del cementerio en silencio, el florido manto que cubría el sendero le daba aquel aire espiritual, no hacían falta cipreses. Cuando nos acercábamos a la calle Mayor, donde se encontraban el caserío y la cantina, mi abuela me preguntó:

- ¿Has visto qué guapa está tu madre?

- Voy a ver a la tía Hortensia. Enseguida vengo.

Contesté secamente. Volví a sentir otra vez aquel vacío alojado en la boca del estómago, el mismo vacío de cada verano, la misma sensación de reencuentro, la misma sensación de pérdida.

Sentí cómo mi abuela me miraba triste, había perdido su alegría habitual que impedía traslucir su rostro cansado y mustio:

- No olvides jamás a tus muertos, niña. La verdadera muerte es el olvido.

Me giré antes de cruzar la acera:

- Mi madre muere cada verano, abuela.

Y continué mi camino.

7 comentarios »

  1. [...] en Literatúngara para el reto literario # 1 Si te ha gustado puedes compartirlo [...]

  2. Fusa dicho:

    Ay. De muchísima pena la niña… sobre todo cuando desvía la atención porque alguien le ha hecho una pregunta directa sobre su madre. Y el final es tristísimo. ¿Y no sabías si atreverte? Pues menuda cosa nos habríamos perdido…

  3. Fusa dicho:

    Jodé. Quería decir que Da* muchísima pena la niña.

  4. Pilix, me ha gustado mucho, pero veo que estamos las tres en nuestra línea triste. Da mucha pena la situación…

    Por cierto, ¿te he dicho alguna vez que me gusta mucho como escribes?

  5. chachenaguer dicho:

    Joer, esto es una confabulación, os habeis propuesto hacernos llorá a moco tendido ¿no? :_(

  6. pilixforever dicho:

    Como penitencia nos tendrían que obligar a escribir algo con humor en el próximo reto : )

  7. Angua dicho:

    Pilixforever, pues mi idea para el próximo reto se puede tomar desde el lado depresivo también… pero me apunto lo del humor para más adelante.

    Me ha encantado el detalle de que las cuatro hermanas tengan nombre de flor.


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